Věčné Neštěstí / Perpetuo Infortunio

Perpetuo Infortunio

Los sonidos provocados por las ratas solo eran silenciados cuando algún escalón en la vieja escalera de madera, era presionado por el paso cadente de aquella solitaria figura que salía en busca de provisiones, o regresaba de una de esas aventuradas e infructuosas exploraciones alrededor de lo que aún podría llamarse ciudad.

De ahí en fuera, el silencio armónico arrullaba a cualquiera que no tuviese su mente fija en alguna tarea o el recuerdo de un pasado melancólicamente mejor. Por eso, él ocupaba sus tardes y las noches que aquellas improvisadas velas le permitían seguir escribiendo en las penumbras, en escribir una carta infinita que, por obvias razones, nunca llegaría a su destino.

“Quiero que sepas que siempre te he amado, a pesar de saber que estarás mejor sin mí. Para muchos, esto será un amor cobarde, pero para nosotros, quienes vivimos en carne propia este sacrificio, dejarte ir es la mayor muestra de amor por otra persona. No puedo vivir distante de ti, pero tampoco puedo vivir a tu lado… pero… recuerdas aquella noche?  Ztratil jsem se… La clave es cuatro, ocho, quince, dieciséis… ¡Susurros espaciales de roedores en la habitación!…

Ideas y sentimientos que comenzaba a plasmar en esa vieja libreta terminaban rematados sin sentido ni coherencia, y es que en aquel ambiente, mantenerse cuerdo era más difícil que soportar varias horas a la intemperie.

Esa noche, una brillante luz roja avanzaba lentamente a lo lejos, en el horizonte, entre Perseo y Casiopea. Conciliar el sueño es otra de esas cosas que no llegan por más que se buscan. ¿Con qué se sueña cuando no quedan sueños por vivir? Peor aún es la sensación de levantarse, ya sin reloj, ya sin horas, para cumplir con una rutina de supervivencia. Conforme pasa el tiempo, el rostro es cada vez más enjuto, y esa vieja escalera se convierte en una eternidad comparable solo con alguna de esas pirámides que hoy lucen abandonadas pero que tiempo atrás, los turistas gustaban escalar por mera diversión o por el deseo no sentirse una ínfima parte de este inmenso Universo. Pero ahora ningún turista desearía estar en sus zapatos, o mejor dicho, en esas desgastadas botas que día con día escalan ese Giza de Praga solo para poder descansar y volver a escribir.

– Ojalá que encuentre una buena lata de paté, o al menos que me lleve la muerte.

Hubo un tiempo en que antes de cualquier travesía, no podían faltar un buen řízky y pepinillos en vinagre. Acompañaban al platillo, un pan con huevos cocidos y salami seco. Eran tiempos en los que uno no podía darse el lujo de viajar con mucho dinero, y en la mayoría de los lugares era casi imposible encontrar carne. Algo impensable para cualquier paštikáři. 

Tendría suerte si encontraba algo al menos ligeramente digerible y algún grifo de donde poder reabastecerse de agua. Afuera los peligros eran constantes, a pesar de la infinita soledad, siempre existía la posibilidad de tropezar y caer abruptamente por uno de esos enormes huecos en la tierra, o de tener que enfrentarse cara a cara con alguna bestia salvaje con tal de ganarle la presa del día. A eso debe sumarse la ventana de tiempo disponible para estar en el exterior sin sufrir consecuencias.

– Si tan solo hubiéramos puesto atención a las señales. Si hubiéramos hecho caso a los científicos. Pero ya es tarde para arrepentimientos vanos. Cuatro, ocho, quince, dieciséis.

Cerca de la Vlakové nádraží, en la calle Seifertova, frente a un bonito y frondoso parque, hay un antiguo edificio amarillo. En la primera planta se encontraban dos pequeños restaurantes. Uno de ellos era el Domácí těstoviny donde alguna vez sus bancos de madera rústica fueron testigos de un instante de perfección, cuando las manos de ambos, nerviosamente se entrelazaban como siendo cómplices de algo que no debería estar pasando y sin embargo, pasaba. – číšník, un káva por favor – Lo mismo para mí. A ti nunca te ha gustado el café Ni a ti mis manos frías ¡Yo nunca he dicho eso! No hace falta que lo digas, resulta obvio. Siempre presupones cosas sobre mí sin siquiera preguntar. Te conozco mejor de lo que tú mismo te conoces. 

Sus ojos no pudieron evitar mostrar asombro cuando debajo de la barra de aquel bistro, hurgando entre las cosas, encontró el estuche de un instrumento musical. – ¿Acaso será un… Demasiado bueno para ser real.  Aquel cajón guardaba un violín sin cuerdas. – Dios premia y castiga al mismo tiempo, o quizás solo juega con nosotros en una extraña versión de Monopoly Celestial, si es que aún existe algún Dios. Sin embargo, decidió cargar con él, porque para algo podría servir. Una caja de Ibuprofeno. media barra de lovecký salám y tres lápices, componían el botín del día.

De vuelta en casa -si es que a eso se le podía llamar casa- el violín sin cuerdas era una caja de recuerdos dispuestos a ser escuchados a través de las cuerdas imaginarias que diestramente él podía tocar, al son de la Sinfonía de Řebíček

– Můžeš mi dát jízdní řád? – Las cinco menos un cuarto – Muchas gracias – ¿Todo bien? Luces preocupada – Estoy bien, solo esperaba a alguien que probablemente nunca llegue. – La espera suele ser menos larga cuando hay compañía – Dudo que a quien espero le agrade verme con alguien más – Entiendo, por si acaso estaré a la vuelta de la esquina. La rutina diaria comenzaba con colocar el estuche del violín de cara al público, mientras entonaba alguna obra de Beethoven a la espera de las primeras monedas. Quince minutos después, se volverían a encontrar. – Te va mejor con las notas que con las palabras. – Y eso que no me has escuchado cantar. – Dejémoslo así por el momento. – ¿No llegó tu cita? – ¿Y si mejor me invitas un café?

El recuerdo fue abruptamente interrumpido por un estruendo en los cielos. A lo lejos, una jauría corre, en el horizonte la luz roja avanza estrepitosamente y en el suelo, se cimbran aquellos misteriosos agujeros en la tierra y en el concreto. La noche se hace día por unos segundos y se escucha el sonido de una gran máquina golpetear, seguido de un ensordecedor silencio. Aún cegado, resulta imposible distinguir algo en la penumbra de la noche, y por alguna extraña razón, se vuelven pesados los párpados, hasta caer en un profundo sueño. Dobrý večer, infortunio.

En la frontera entre el sueño y la realidad, suena Perpetuum Mobile de Ottokar Novacek y una voz familiar pregunta con insistencia: – Můžeš mi dát jízdní řád? ¿Me puedes dar la hora? Despierta. No hay nadie. ¿Fue solo un sueño? ¿Fue una pesadilla? Una vez más levantarse, ya sin reloj, ya sin horas, para cumplir con una rutina de supervivencia. 

Frente a la ventana, el estuche está abierto mirando hacia el artista. Pero no hay ningún violín.

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